Meet the Hidden Architect Behind America’s Racist Economics


Nobel laureate James Buchanan is the intellectual linchpin of the Koch-funded attack on democratic institutions, argues Duke historian Nancy MacLean

Ask people to name the key minds that have shaped America’s burst of radical right-wing attacks on working conditions, consumer rights and public services, and they will typically mention figures like free market-champion Milton Friedman, libertarian guru Ayn Rand, and laissez-faire economists Friedrich Hayek and Ludwig von Mises.

James McGill Buchanan is a name you will rarely hear unless you’ve taken several classes in economics. And if the Tennessee-born Nobel laureate were alive today, it would suit him just fine that most well-informed journalists, liberal politicians, and even many economics students have little understanding of his work.

The reason? Duke historian Nancy MacLean contends that his philosophy is so stark that even young libertarian acolytes are only introduced to it after they have accepted the relatively sunny perspective of Ayn Rand. (Yes, you read that correctly). If Americans really knew what Buchanan thought and promoted, and how destructively his vision is manifesting under their noses, it would dawn on them how close the country is to a transformation most would not even want to imagine, much less accept.

That is a dangerous blind spot, MacLean argues in a meticulously researched book, Democracy in Chains, a finalist for the National Book Award in Nonfiction. While Americans grapple with Donald Trump’s chaotic presidency, we may be missing the key to changes that are taking place far beyond the level of mere politics. Once these changes are locked into place, there may be no going back.

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La era neo-liberal está terminando. ¿Que viene después?

En una crisis, lo que antes era impensable puede volverse inevitable de repente. Estamos en medio de la mayor sacudida social desde la segunda guerra mundial. Y el neo-liberalismo está jadeando su último aliento. Entonces, desde impuestos más altos para los ricos hasta un gobierno más robusto, ha llegado el momento de ideas que parecían imposibles hace solo unos meses.

Corresponsal de progreso
Rutger Bregman
Rutger BREGMAN

 

Todas las ilustraciones de Ralph Zabel, para The Correspondent

 

Hay quienes dicen que esta pandemia no debe ser politizada. Que hacerlo equivale a disfrutar de la justicia propia. Al igual que los intransigentes religiosos que gritan es la ira de Dios, o el alarmismo populista sobre el “virus chino”, o el observador de tendencias que predice que finalmente estamos entrando en una nueva era de amor, atención plena y dinero gratis para todos. 

También hay quienes dicen que ahora es precisamente el momento de hablar. Que las decisiones que se tomen en este momento tendrán ramificaciones en el futuro. O, como lo expresó el jefe de gabinete de Obama después de la caída de Lehman Brothers en 2008: “Nunca se quiere desperdiciar una crisis grave”.

En las primeras semanas, tendía a ponerme del lado de los detractores. He escrito antes sobre las crisis de oportunidades presentes, pero ahora parecía sin tacto, incluso ofensivo. Luego pasaron más días. Poco a poco, comenzó a amanecer que esta crisis podría durar meses, un año, incluso más. Y que las medidas anticrisis impuestas temporalmente un día podrían convertirse en permanentes al día siguiente. 

Nadie sabe lo que nos espera esta vez. Pero es precisamente porque no sabemos porque el futuro es tan incierto, que necesitamos hablar de ello.

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