CAPITALISMO; observando la realidad

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Karl Polanyi hizo la observación de que los mercados, sin un marco socio político que los regule, los equilibre y los legitime, invariablemente colapsan. Eso es lo que ha sucedido a lo largo de la historia; lástima que los humanos, en nuestra soberbia, no somos capaces de echar nuestra mirada atrás al objeto de aprender de los errores de nuestros antepasados. De ahí que se cumpla a cabalidad, como no podía ser menos, el refrán que dice: “El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra“.

Si observamos lo ocurrido en la actualidad cercana, quiebras de empresas… ENRON, WORLDCOM, etc. y bajas generalizadas en las bolsas de valores, podemos certificar la validez de la observación de Polanyi, pues esas situaciones se producen, lo que está a la vista no necesita demostración, precisamente por la falta de control con la que actúan al hacer dejación el Estado de sus obligaciones de regular, equilibrar y legitimar las interacciones de sus ciudadanos, que son las que sustentan su propia razón de ser.

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A partir de los setentas y más concretamente de 1973 con la subida de los precios del petróleo se produce un shock en el sistema capitalista (un poco antes, en 1971, el Presidente de los EE.UU., Richard Nixon, había abandonado la convertibilidad dólar-oro dando la estocada a Bretton Woods). Tampoco hay que olvidar la influencia de la prolongada guerra en Vietnam.

El mundo estaba atravesando una crisis mayor, un trastocamiento de todo lo que había sido “normal” durante casi 30 años: se multiplicaron los precios del petróleo; se endurecieron las políticas monetarias de los países industrializados acreedores (sus monedas se volvieron caras); incremento de la deuda a partir del aumento de las tasas de interés (casi 50%); caída de los precios de las exportaciones de los países endeudados; un cambio radical en los flujos de capital (los recursos se iban de los países pobres a los ricos).

¿Resultado? Un deterioro profundo de la solvencia de los Estados, déficit en la balanza de pagos, estancamiento, inflación galopante: muchos gobiernos del Tercer Mundo (así se les llamaba entonces) entraron en una profunda crisis fiscal.

El largo periodo de expansión económica y de empleo iniciado al final de la Segunda Guerra Mundial se agota y el sistema multilateral de regulación monetaria, como queda dicho anteriormente, se rompe.

La crisis económica se manifiesta con una desaceleración del crecimiento mundial (según datos del FMI y el Banco Mundial la tasa de variación del PBM fue del 4,5% entre 1970 y 1979; del 3,4% entre 1980 y 1989 y del 2,9% entre 1990 y 1999) y un aumento de la deuda pública fundamentalmente. El capitalismo entra en una etapa de incertidumbre y comienza una tendencia a la especulación que lidera la banca internacional mediante una ofensiva de préstamos a los países más atrasados al objeto de colocar sus enormes depósitos provenientes de los países exportadores de petróleo (los famosos petrodólares). Pero esos créditos van a cumplir otra función, además de la obvia de colocación de recursos excedentarios, que explicaré más adelante y cuyo mecanismo es la “condicionalidad“.

En Europa los petrodólares reciben el nombre de eurodólares y se desata también la especulación y el aumento de potencial de las grandes empresas europeas, que comienzan a competir con las norteamericanas. De ese tiempo arranca el germen de la división del mundo en tres bloques económicos, que a su vez constituyen tres zonas monetarias bien definidas en nuestros días: la del dólar, la del euro y la del yen. Ahí surge una rivalidad intercapitalista, que además coincide con la mencionada desaceleración económica de acuerdo a las cifras del FMI y BM expuestas anteriormente.

Ese resurgimiento de las empresas europeas, tras la devastación que supuso la Segunda Guerra Mundial para Europa, puso en jaque a las norteamericanas, que hasta ese momento habían dominado a placer la globalidad económica, y se produce un descenso del peso específico de las mismas, que se traduce, otra vez volvemos a lo evidente y no a lo teórico, en los abultados déficits que experimenta la economía norteamericana.

El analista Gerard de Seylis comenta: “… a principios de los años ochenta los dirigentes de las grandes multinacionales, conscientes de la gravedad de la crisis y asustados por las perspectivas de guerra económica, empezaron a interesarse muy especialmente en el sector público. Tomar el control y la propiedad de ese sector, que representaba en ciertos países hasta la quinta parte de su PIB, era su única posibilidad de expansión. Lanzaron, pues, una verdadera guerra de conquista, minuciosamente planeada, con el apoyo activo de las grandes instituciones internacionales y la complicidad de los gobiernos”. Poco hay que añadir a un párrafo más claro, directo y realista de una situación, que como Santo Tomás hemos podido “ver y tocar” en estos años.

En América Latina y Estados Unidos se fermentó y se expandió una discusión política e intelectual que tuvo un momento cumbre: 1990. En Washington DC, representantes de organismos internacionales, académicos y funcionarios de América Latina y el Caribe, se reunieron en un foro auspiciado por el Instituto de Economía Internacional para evaluar el progreso económico de la región. Ese cónclave produjo un recetario de política económica que prometía, en definitiva, sacar de su crisis a los países latinoamericanos. Y casi todos los asistentes, neoliberales y no, estuvieron de acuerdo con las recomendaciones; por eso John Williamson, un entusiasta economista promotor de esa reunión, lo llamó “Consenso” de Washington.

Con todo, los resultados de esa reunión orientaron programas de estabilización y reformas económicas estructurales más allá de América Latina. Aquí y allá, los efectos de su aplicación fueron inevitablemente duros: desempleo, reducción de salarios reales, cierre de empresas, disminución del consumo y la demanda. El Consenso de Washington no ocultaba que sus recetas inyectarían “temporalmente, sangre, sudor y lágrimas” a las sociedades en terapia neoliberal; pero luego, decían, ¿vendrá? la recuperación del crecimiento. ¿Han sido efectivas sus recetas?

La realidad cotidiana nos muestra la actuación, principalmente, del binomio BM-FMI con sus políticas de “condicionalidad“, con las que ” atan” todas sus líneas de crédito y que sirven para forzar las privatizaciones de las empresas públicas aprovechando su falta crónica de financiamiento debido a la corrupción e incluso, me atrevería a decir, a planes concebidos con “alevosía y premeditación” para llevarlas a un “punto muerto” que “facilitaría” la excusa perfecta para su venta a favor de inversionistas nacionales o extranjeros. Ello ha propiciado el aumento de la Inversión Externa Directa y “maquillado” las cifras macroeconómicas, que tanto les gustan a los políticos, pero que no sirven para ocultar la pobreza, que galopa desbocada, en muchas naciones.

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Esa IDE no agrega capacidad productiva nueva para que la economía genere crecimiento económico real y con él un aumento de la demanda agregada. Eso ha dado lugar a advertencias de diversos economistas entre las que se encuentran las de Alan Greenspan.

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Michel Chossudovsky estudia el impacto del desempleo mundial y su consecuencia más negativa: la dramática reducción del poder de compra; y eso como consecuencia de los programas de “ajuste estructural” de las ya mencionadas organizaciones financieras internacionales (OFI), que, entre otras cosas, defienden a capa y espada la “flexibilidad laboral“. Es curioso que las reformas macroeconómicas inciden machaconamente en la disminución de los “costos laborales“, pero nunca en la de los “costos del capital” con lo que se cumple el refrán que dice: “La cuerda se rompe siempre por la parte más débil“.

Chossudovsky escribe: “El sistema económico global se caracteriza por dos fuerzas contradictorias: la consolidación de una economía global centrada en la mano de obra barata por un lado y en la búsqueda de mercados de nuevos consumidores por el otro. La primera mina a la segunda. La ampliación de los mercados para las CMN requiere la fragmentación y destrucción de la economía doméstica. Se eliminan las barreras a los movimientos de capital y mercancías, el crédito se desregula, la tierra y la propiedad estatal son incautadas por el capital internacional”. Creo que tampoco hay posibilidad de objetar el párrafo anterior, pues es algo que constituye la realidad que vivimos día a día; y es esta realidad la que nos puede conducir al desastre si no somos capaces de hacer algo al respecto.

Amén de otras consideraciones, el corazón del sistema económico en el que vivimos tiene un nombre: consumo; y es evidente que con el aumento imparable de la pobreza, que las actuales políticas económicas están favoreciendo, la densidad de consumidores versus producción cada vez será más baja, pues mientras los primeros son una especie en vías de extinción la segunda crece en progresión geométrica merced a los avances tecnológicos.

El avance tecnológico que se generó en los ochentas y noventas en los países desarrollados, se caracteriza por requerir de recurso humano altamente capacitado para poder aprovechar las nuevas tecnologías. Esto es claramente el caso para las dos revoluciones tecnológicas que destaca el Informe sobre Desarrollo Humano de 2001: la biotecnología y la tecnología de la información.>

Pero, al ser así, no todos los países podrán aprovechar las oportunidades creadas por estas nuevas tecnologías: los que no hayan invertido adecuadamente en el desarrollo de su capital humano, no estarán en condiciones de utilizarlas adecuadamente, aún si tuvieran los recursos financieros para adquirirlas.

La consecuencia es clara: los países subdesarrollados se irán quedando más y más rezagados en relación con los países ricos, a menos que logren mejorar el nivel educativo de su población (a pesar del énfasis que los OFI ponen en el aspecto de la educación, que evidentemente está en la base de la capacidad de los seres humanos para poder desarrollarse, la realidad es que poco o nada se hace en esa dirección, es mejor tener gente inculta fácilmente manejable, y como consecuencia el recurso humano de los países más desfavorecidos se va rezagando irremediablemente) e implementen políticas para facilitar la transferencia tecnológica. Dado lo difícil que esto puede resultar en las condiciones actuales, es muy probable que en las próximas décadas veamos un desempeño poco favorable de los países subdesarrollados y como consecuencia una polarización altamente peligrosa y explosiva en el contexto mundial que ya en la actualidad está dando innumerables avisos de lo que puede llegar a suceder.

Miguel R. de Arriba

*Artículo escrito el 04/12/2002

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