Una deuda que amenaza al imperio

En este momento en que el presupuesto militar de Estados Unidos (alrededor de 400.000 millones de dólares) es prácticamente equivalente al acumulado por todos los demás Estados del planeta, podemos preguntarnos acerca de las fisuras del edificio financiero de un imperio que se cree omnipotente. Un edificio ya muy seriamente sacudido por la ola especulativa de los años 1990, cuando se renovó la actividad criminal de los grandes actores del sistema: los más importantes bancos mundiales de inversión, las cinco (ahora cuatro) empresas de auditoria, las firmas de relaciones públicas, los gigantes de la publicidad y los más prestigiosos estudios jurídicos.

Entre los elementos de una estructura financiera maltrecha, el nivel de endeudamiento es el más preocupante. En 2001 la deuda de Estados Unidos representaba el 31% del producto interior bruto mundial, la de la Unión Europea el 26% y la de Japón el 12%. Tres regiones del mundo donde se perfila el espectro de la deflación, en un contexto de contracción de la producción y del comercio. La industria opera con el 65% de su capacidad de producción, salvo en China. Por tercer año consecutivo los mercados bursátiles siguen hundiéndose. El índice Conference Board de confianza de los consumidores cayó desde 145 a comienzos de 2000 a alrededor de 80 a comienzos de 2003 (sobre una base 100 en 1985). En cuanto al dólar, perdió el 12% de su valor con relación a un conjunto de otras monedas desde enero de 2000 y el 26% frente al euro desde el año 2000, una de las caídas más fuertes del período posterior a la segunda guerra mundial. Estos pocos elementos fragmentarios, combinados con un desempleo en aumento (1), un estancamiento de los salarios y un consumo que se mantiene con dificultades, componen un cuadro que no incita al optimismo.

Volviendo a la deuda, que alcanza proporciones gigantescas, debe ser pagada con los intereses ya devengados. En un contexto deflacionario, los compromisos que vencen ahora se van a tornar particularmente onerosos. El análisis que haremos aquí se concentrará en tres aspectos de este endeudamiento. El primero es la evolución del stock de la deuda durante cuatro decenios. La deuda puede descomponerse en cinco rubros: la deuda pública, la deuda de los hogares y, en el caso de las empresas, la deuda no financiera y la deuda financiera interna y externa. El segundo aspecto es el déficit de la balanza de transacciones corrientes. Y el tercero la evolución de la posición de inversión internacional.

El aumento del stock de la deuda es impresionante: entre 1964 y 2002 pasó de 10.000 millardos a 30.000 millardos de dólares. Si este stock se analiza en detalle, el rasgo más sorprendente es el crecimiento fenomenal de la deuda financiera interna de las empresas, que ha pasado de 53 millardos de dólares a 7.620 millardos de dólares, es decir el 72% del producto interior bruto (PIB) de Estados Unidos. Uno de los motores de este salto gigantesco ha sido el frenesí de las fusiones y adquisiciones financiadas con préstamos. Frenesí que se observó particularmente durante las dos décadas que van de 1980 a 1998, especialmente en el sector bancario, cuya concentración no ha alcanzado todavía su límite. Y, sin embargo, el volumen de fusiones y adquisiciones de activos se eleva a 2.400 millardos de dólares.

Tanto por su amplitud como por su ritmo, esta voracidad de anexiones, financiada con crédito barato, no tiene precedentes en la historia del capitalismo. Pero está distribuida de manera muy desigual ya que los países denominados en vías de desarrollo, aunque representan el 84% de la población mundial, solo tienen el 26% de las 500 primeras empresas mundiales, según la clasificación de Fortune, y el 16% en el ranking del Financial Times.

El aumento vertiginoso del endeudamiento de los hogares muestra que el consumidor estadounidense vive a crédito. En cuatro décadas este endeudamiento ha pasado de 200 millardos de dólares en 1964, a 7.200 millardos en 2002. En 1985 representaba el 26% del ingreso individual, y hacia fines de 2002 el 40%.

Esta asombrosa degradación de la tasa de ahorro es uno de los síntomas de la degeneración del capitalismo estadounidense, en tanto el ahorro y la inversión están entre los principales ingredientes de la acumulación del capital. Según el banco Morgan Stanley la tasa de ahorro nacional neta (es decir, el total del ahorro de los hogares, de las empresas y del Estado, relacionado con el PIB) ha alcanzado su nivel histórico más bajo en el tercer trimestre de 2002, cuando fue de 1,6%, es decir menos de un tercio del promedio de los años 1990, y la sexta parte del promedio los años 1960 y 1970. El déficit fiscal en constante expansión, al cual recurre el equipo de Bush (2), va a hacer caer todavía más esta tasa. Las cifras son elocuentes: en el primer semestre de 2000, el presupuesto federal mostraba un excedente de 2,3% del PIB, y la tasa de ahorro era del 6,4%; en el tercer trimestre de 2002, se comprobó un déficit de 1,8%.

El elemento clave del endeudamiento de Estados Unidos, que podría llegar a ser su talón de Aquiles, es el rápido deterioro de su balanza de transacciones corrientes (3). Puede hacerse una comparación entre la situación de los pagos de la cuenta corriente durante el apogeo del Imperio Británico, antes de 1914, y la del Imperio Estadounidense hoy en día. En las décadas anteriores a la primera guerra mundial, el excedente corriente del Reino Unido era del 4% de su PIB. El actual Imperio Estadounidense, con estructuras financieras frágiles, arrastra un déficit corriente crónico del 5% de su PIB.

En la década de los años 1990 el impulso de la demanda interna fue posible por un endeudamiento externo no controlado, que permitió financiar las importaciones. Esas importaciones, que no dejaron de aumentar durante los últimos 15 años, superan en 42% al valor de las exportaciones. Reducir esa brecha es casi imposible, por la falta de competitividad de los productos estadounidenses en los mercados mundiales; y esto a pesar de la depreciación del billete verde. Para hacer frente a un déficit de la cuenta corriente de 500 millardos de dólares, que tiene un incremento anual del 10%, es necesario tener entradas de por lo menos 2 millardos de dólares por día hábil, lo que equivale al 76% del excedente de la balanza de transacciones corrientes del mundo. Esta situación es difícilmente sostenible, incluso a corto plazo. Si bien los capitales extranjeros siguen llegando a los mercados financieros de Estados Unidos, lo hacen a un ritmo menor. A partir de la mitad de los años 1990 el volumen de los activos privados extranjeros aumentó, alcanzando su punto más alto, de mil millardos de dólares, en el año 2000 –el año del crash del Nasdaq (4)- para volver a caer ahora a 500 millardos de dólares.

Ya se observan los primeros signos de salida de capitales extranjeros de los mercados financieros estadounidenses. No es más que un chorrito de agua, pero podría transformarse en un maremoto a causa de las guerras programadas por Bush para después de la campaña contra Irak, en el Medio Oriente y en otras partes del mundo. Como un toxicómano con la droga, Estados Unidos se ha vuelto totalmente dependiente de las entradas de capitales extranjeros para financiar su liberalidad fiscal. Los inversores extranjeros tienen más del 18% de la capitalización bursátil de los activos estadounidenses a largo plazo, y el 42% del stock de bonos del Tesoro. Estas sumas podrían salir instantáneamente del país, sólo con accionar algunos comandos en el teclado de una computadora. El incremento del déficit fiscal, combinado con el déficit de la cuenta corriente, hará crecer las necesidades de financiamiento para 2003 en por lo menos un 6% del PIB.

Un privilegio que se agota: imprimir dólares

Tradicionalmente, ha sido el rendimiento de los activos estadounidenses, más elevado que en otras partes del mundo, lo que ha financiado el déficit de cuenta corriente, pero estos activos comienzan a perder su atractivo. Estados Unidos tiene el privilegio exclusivo de tomar crédito en su propia moneda y la posibilidad de devaluar su deuda. Y no tienen impedimentos para hacerlo. Haciendo funcionar la impresora de billetes verdes, la casta gobernante paga sus importaciones con promesas vanas. Ninguna otra nación tiene esta prerrogativa que, en la coyuntura actual de contracción de los mercados financieros, bien podría ser efímera. Estos déficits en cascada deterioran la posición de inversión internacional neta de Estados Unidos, es decir, la diferencia entre sus activos públicos externos y sus compromisos externos. En un lapso relativamente corto –entre 1999 y 2002- esta posición se degradó considerablemente, ya que la diferencia negativa ha pasado de 1.900 a 2.500 millardos de dólares, como resultado de la acumulación de los déficits en la cuenta corriente.

Las fisuras de la infraestructura financiera estadounidense no han impedido que explotaran las desigualdades. Sin duda los más ricos han perdido algunas plumas en la debacle bursátil, pero las diez mil familias con más altos ingresos poseen tantos activos como los veinte millones de familias más pobres. En las primeras 500 sociedades mencionadas en la clasificación de Fortune, la relación entre los salarios anuales (ajustados por inflación) de los presidentes, directores y gerentes por un lado, y los de los obreros por otro, era en 1970 de uno a 40, y en la actualidad es de uno a 1.250. En 1950 los impuestos sobre las sociedades representaban el 25% del presupuesto federal; en 2001 solamente el 8,9%.

Un endeudamiento que escapa a cualquier control y desigualdades tan flagrantes no son aberraciones, sino que forman parte del cuadro clínico de una enfermedad del orden social de Estados Unidos. Y los propios mercados comienzan a inquietarse por su estado de salud, sirviendo de termómetro la cotización del dólar, como lo explica Chistian de Boissieu, profesor en la universidad París 1 y vicepresidente del Consejo de Análisis Económico, al comentar la caída de la divisa estadounidense: “Algo ha pasado en la primavera de 2002. De golpe, los mercados cambiaron de paradigma. Comenzaron a inquietarse por la imposibilidad de seguir sosteniendo los desequilibrios ‘gemelos’ de Estados Unidos, es decir el considerable déficit de la cuenta corriente desde hace años, y el déficit fiscal, que ha hecho su aparición recientemente a causa de la caída de los impuestos y del aumento de los gastos. En 2003 el crecimiento estadounidense debería ser el doble del francés, pero la inquietud sobre los déficits se mantiene. Se ha franqueado un umbral psicológico. Más allá de un cierto nivel, la aprehensión con respecto a los desequilibrios le gana al optimismo en cuanto al desempeño de la economía” (5). Bush, que va a hacer votar un nuevo aumento del presupuesto militar por el Congreso, no parece ser consciente de que ese umbral psicológico ya se ha franqueado…

Frederic F. Clairmont*
* Economista

___________________

NOTAS:

(1) La cifra oficial –muy subestimada- ha pasado del 4,4% en febrero de 2000 al 6,4% en febrero de 2003, según la Oficina del Trabajo de Estados Unidos.
(2) Las estimaciones varían de 304 a 375.millardos de dólares para 2003, y entre 307 y 425. millardos de dólares para 2004, sin contar el coste de la guerra contra Irak.
(3) La balanza de transacciones corrientes representa la diferencia entre las exportaciones y las importaciones de bienes y servicios y la diferencia de las transferencias financieras. Cuando un país compra en el extranjero más de lo que le vende, debe financiar la diferencia con préstamos, lo que aumenta en otro tanto su deuda externa.
(4) El índice Nasdaq (de las acciones de empresas tecnológicas) alcanzó su punto máximo (5.048 puntos) el 10 de marzo de 2000. Actualmente se encuentra por debajo de los 1.300 puntos.
(5) “He aquí que los mercados vuelven a descubrir los déficits estadounidenses”, entrevista con Christian de Boissieu, Le Figaro économique, 19-3-2003.

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