¡Que intervenga el Estado, por favor!

 

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Esta frase no emana de los movimientos antihegemónicos, sino de los centros financieros mundiales. Los que le echaban la culpa al Estado por todos los males de la sociedad, ahora piden su justa participación.

Que el capitalismos es cíclico y crítico, no caben dudas. El mundo atraviesa ahora por una nueva de ellas bautizada indistintamente como “crisis hipotecaria”, “crisis crediticia” o “crisis de las hipotecas subprime”. Las consecuencias de este problema surgido en el sector financiero ya se trasladan al sector real de la economía mundial y sólo resta conocer en qué grado se ve afectado el actual ciclo de expansión global.

Esta crisis se manifiesta en el sector de los préstamos hipotecarios en Estados Unidos para personas o empresas poco confiables según los estándares del sector financiero. Es decir, préstamos cuya posibilidad de recuperación son menores que el común de los otorgados. ¿Por qué harían esto los bancos, cuyo negocio basal es recibir depósitos y otorgar préstamos? Antes de contestar esto, observemos el contexto en que se producen estos hechos.

La economía mundial atraviesa en lo que va de siglo un sostenido período de expansión, con bases muy fuertes en el crecimiento de China y en menor medida India, donde el antes denominado Tercer Mundo obtiene precios muy altos para su producción de exportación –básicamente commodities que venden a las dos naciones asiáticas antes mencionadas- y con las potencias en el último escalón de este ranking, pero creciendo también. Por lo tanto, en estos primeros años del Siglo XXI el orbe atraviesa, también, por un período de alta liquidez –muchos billetes, bah.

Cuando en una economía en particular o en el mundo hay iliquidez –escasez de dinero- las tasas de interés que ofrecen los institutos financieros son altas –para atraer recursos a sus arcas- a la vez que las tasa que cobran son un poco mayores –esto es el negocio bancario. A su vez, en este escenario, los bancos y otras instituciones son más duros y exigentes en cuanto a quiénes prestar el dinero.

Por el contrario, en escenarios de gran liquidez, las tasas de interés (pasivas y activas) tienden a ser bajas, y los bancos y financieras tienden a relajar los requisitos para otorgar préstamos. En buen criollo, le prestan a cualquiera. Este tipo de préstamos a empresas y personas poco fiables se llaman subprime. Técnicamente, con esta expresión se define en Estados Unidos a una modalidad crediticia caracterizada por tener un nivel de riesgo de impago superior a la media del resto de los créditos.

Resulta que en este contexto de gran liquidez mundial se incrementó la cantidad de créditos subprime otorgados en Estados Unidos básicamente. Debemos recordar una característica de los períodos en los que el Tercer Mundo obtiene altos superávits comerciales: una sustancial parte de este azul que obtiene fundamentalmente con la primera potencia mundial, regresa en forma de capitales a Estados Unidos y otras potencias. El dinero se recicla en los grandes centros financieros mundiales, y que son Tokio, Nueva York y Londres básicamente.

Es decir, aunque la liquidez se genere fundamentalmente en el Tercer Mundo –en este caso, incluidos China e India- fluye hacia los centros mencionados antes. Aunque cabe la aclaración que las naciones árabes petroleras cada vez conservan más capitales en sus territorios o bancos propios, pero también debemos aclarar que las inversiones de estos países se realizan en estos tres centros financieros mundiales.

La mayor parte de los créditos subprime que se otorgan son del tipo hipotecario. Este tipo de préstamo tiene como garantía el bien a adquirirse (esencialmente viviendas) por lo cual no debería haber problemas en cobrarlos en caso de insolvencia del solicitante. Pero aquí aparece un nuevo ingrediente en esta crisis, porque estos préstamos se brindaron en medio de una burbuja especulativa en el sector inmobiliario. La anterior burbuja se había presentado en el sector tecnológico, cuando compañías “virtuales” se compraban y vendían por valores astronómicos y de pronto todo se desvaneció como una figura de humo sometida a una corriente de aire.

En 2000 y 2001 los capitales de las familias e institucionales se volcaron el más “real” sector de los ladrillos. La situación se agravaría por una modalidad especulativa que los teóricos de las Ciencias Económicas debieran dedicarle más espacio en sus ensayos y papers: las adquisiciones o compras apalancadas. ¿Qué es esto? Se trata de una operatoria donde el costo financiero puede convertirse en beneficio ¿Cómo? Parece raro de entender, pero ocurre muy frecuentemente.

El precio de los bienes inmobiliarios (léase viviendas y oficinas), a raíz de la especulación, sube continuamente. Es decir, una propiedad que se compre hoy, mañana tendrá un mayor valor. En algunos casos, mucho mayor. Cuando una persona o empresa adquiere un bien a través de un préstamo, el préstamo figura como pasivo. Es decir es un compromiso asumido, una deuda. Pero en caso de que el bien adquirido incremente su valor en forma sustancial, con el fruto de su venta se podría cancelar el crédito y aún obtener una ganancia. Este festival de utilidades es el que entró en crisis el 9 de agosto de 2007. De pronto, las viviendas comenzaron a perder valor y el apalancamiento no era lo que había sido. Este es el concepto de burbuja.

La cadena de acontecimientos fue la siguiente: las instituciones financieras que otorgaban estos préstamos comenzaron con dificultades para cobrarlos y entraron en procedimientos de bancarrota; como los documentos de deuda se negocian en los mercados de valores, muchas instituciones –muchas de ellas grandes- adquirieron en distintos momentos estos títulos que ahora carecían de valor; luego, grandes bancos como el City admitieron que sus ganancias se habían recortado en forma inquietante por la cantidad de estos títulos incobrables que poseían; una vez blanqueada esta situación en las bolsas, el pánico se apoderó de los inversores. De allí sólo resta esperar en qué grado se ve afectada la economía real.

Una arista del tema nos muestra que las diferencias entre el mundo desarrollado y el resto no se han salvado. En los períodos de recesión o depresión mundial, la falta de recursos o liquidez mundial impide el despegue del ciclo virtuoso de la economía, sumergiendo a los países en más atraso. Pero cuando se atraviesa una expansión y hay dinero para prestar, las naciones del Tercer Mundo también se perjudican a la larga. A lo que debe agregarse que no participan de las ganancias financieras de estos períodos pero padecen sus pérdidas.

Desde agosto del año pasado hasta hoy, todos los economistas neoclásicos (o neoliberales) que hasta setiembre endemoniaban la intervención de los Estados en la economía, todos ellos salieron cual coro de ángeles a suplicar la ayuda gubernamental. Esta conversión espontánea no obedece a una profunda revisión de sus convicciones, sino a lo que hacen habitualmente estos lobbistas. Los bancos centrales de Estados Unidos, de Inglaterra, Canadá, la Unión Europea (UE) y Japón volcaron millones de dólares –al día de hoy se hace difícil calcular de cuánto se trata- en el mercado para evitar la huida masiva de los ahorristas del sector financiero. Los Estados intervinieron, y se salvaron los grandes grupos financieros.

Es cierto que muchos analistas advirtieron sobre estas posibles consecuencias, pero olvidan que el espíritu del capitalismo es obtener la máxima ganancia en el menor tiempo. Es imposible pedir un poco de sensatez a un sistema que tiene como uno de sus pilares la insensatez.

No nos engañemos. No importa lo que digan hoy los gurúes financieros sobre cómo pudo evitarse y qué puede hacerse hacia el futuro. Una vez despejada la actual tormenta (y retirados los millones de cadáveres) en poco tiempo volverán a las andadas y una nueva crisis nacerá. Esto es el capitalismo.

Autor: Pablo Ramos

Un comentario en “¡Que intervenga el Estado, por favor!

  1. Más claro no canta un gallo… gracias por la aclaración de las famosas burbujas… todos hablamos de ellas pero en realidad pocos saben de qué se trata exactamente.

    Los neoclásicos siempre serán neoclásicos, a menos que las crisis los hagan traicionar – por un instante – sus propios ideales…

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