Ha llegado la hora

Tragedia_griega

Si la inversión es un riesgo, si los negocios enfrentan riesgos, si cuando las personas toman una decisión enfrentan un riesgo, … entonces es hora de que cada cual asuma las consecuencias de lo que hace y que no se las cargue a los demás.

Lo que ya no es permisible por más tiempo es la desregulación del mercado y el abuso de capitalizar las ganancias y socializar las pérdidas tal como hacen los grandes lobbys financieros y empresariales en cumplimiento de la premisa fundamental del neoliberalismo … ¡la acumulación!

Como dice el refrán: ¡Que cada palo aguante su vela!

Miguel de Arriba

ooooooooooOoooooooooo

Por qué debe quebrar Grecia… y todos los que vengan detrás

FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA

Llegados al mes decisivo de la crisis de la deuda griega, una crisis anunciada mil veces desde que, hace dos años, su Gobierno (y otros muchos) se empeñó en mantener un desaforado gasto público vía endeudamiento en los mercados internacionales, sólo caben dos posiciones. La de mantener a toda costa y a cualquier precio el statu quo, con Grecia como miembro de pleno derecho de la Unión Monetaria, o la de dejarla caer como han caído infinidad de Estados a lo largo de la historia.

La primera opción, que es la que defienden todos los líderes europeos, incluida Angela Merkel con una gran oposición dentro de su país y de su propio Gobierno, supondría salvar la cara momentáneamente, fingiendo que no ha pasado nada a cambio de transferencias milmillonarias de la propia Unión Europea y de organismos internacionales como el FMI.

Los analistas calculan que, en este escenario, Grecia necesitaría 25.000 millones de dólares anuales para ir pagando lo que debe ya, sumado a lo que le han prestado sus socios a un tipo de interés preferencial. Sería entrar en lo que se conoce como una “espiral de deuda”, algo muy semejante a la “bola” que forman los individuos morosos pagando lo que deben con nuevos y cada vez más irrecuperables préstamos.

Podría aligerar algo de carga llevando a cabo un brutal recorte de gastos dentro del país, reduciendo, por ejemplo, los funcionarios a la mitad y desatendiendo la sanidad, las carreteras u otras partidas onerosas del presupuesto estatal. Pero esto ocasionaría un levantamiento popular de imprevisibles consecuencias, un incendio que dejaría los motines de los dos últimos años en un juego de niños.

Por mucho que se empeñen los políticos europeos, Grecia no puede seguir jugando a ser rico, simplemente porque no lo es. No vive de prestado por casualidad. Su economía es improductiva, poco o nada competitiva y, por culpa de las dificultades crediticias del Gobierno, uno de los peores destinos para la inversión extranjera.

El plan de rescate pergeñado por las mentes pensantes de la UE perpetuaría todos los problemas de raíz que padece Grecia e imposibilitaría las reformas y el ajuste de su estructura económica, porque, ¿quién va a hacer nada si fuera hay un inagotable maná de dinero? Volviendo sobre el ejemplo del moroso, si el banco de la esquina le abre una línea de crédito blanda a cambio de que deje de cenar marisco, no verá ninguna necesidad de reducir su tren de vida, a lo sumo de adaptarlo a las condiciones del nuevo préstamo. Como en todo, la micro y la macroeconomía son la misma cosa.

Mantener a Grecia conectada a la máquina de respiración artificial no sólo dejaría el problema sin resolver, sino que aumentaría la probabilidad de que la enfermedad se extendiese por toda la zona euro. Si se trata sólo de dar calmantes, pronto otros países pedirán su dosis, empezando por Portugal y continuando por España e Italia, economías gigantescas (la 9ª y la 7ª del mundo, respectivamente) a las que no sería fácil mantener con vida artificialmente.

Queda, pues, la otra opción: la bancarrota. El primer paso sería suspender pagos de sus títulos soberanos tal y como han hecho otros países en el pasado –Argentina y Rusia en 2002 y 1998, respectivamente–, abandonar voluntariamente el euro, resucitar el dracma y ponerlo a flotar libremente en los mercados. Si Grecia fuese Zimbabue estas medidas supondrían el caos absoluto, la hiperinflación y un conflicto civil sin precedentes.

Pero Grecia no es Zimbabue, sino un país europeo con la economía plenamente globalizada, 16 millones de turistas al año (tiene 11 millones de habitantes), instituciones más o menos estables, seguridad en los contratos y un entorno mercantil favorable y cercano como es la Unión Europea, en la que seguiría estando y disfrutando de su espacio único económico.

Hecho esto, el Gobierno ya no podría gastar más de lo que ingresa, primer e imprescindible paso para curarse de su adicción a pedir prestado. Nada como encontrarse a solas frente a la adversidad para superarla. Tendría que vérselas él solito para salir de un follón en el que él y sólo él se ha metido. Porque la deuda que tiene Grecia es de tipo soberano, es decir, estatal. Los ciudadanos y las empresas griegas sí pagan a sus proveedores extranjeros, y si dejan de hacerlo les cortan el suministro o el servicio.

¿Y los acreedores?
Los tenedores de deuda griega tendrían que esperar un tiempo a cobrar mediante una reestructuración de la deuda, una quita o algo similar. Los analistas creen que el dracma libre se devaluaría entre un 25% y un 30%, esto significa que, de cada euro prestado, los acreedores recuperarían entre el 70% y el 75%. Es una pérdida significativa, pero inferior a la que sufrieron los prestamistas del Gobierno argentino, que sólo pudieron recuperar el 35% de su inversión.

Y eso comparándolo con el peor de los antecedentes posibles, el del Argentinazo de 2002. Rusia en 1998 salió mucho mejor parada tras la devaluación del rublo. El presidente Boris Yeltsin aplicó un draconiano programa de austeridad pública y en el año 2000 el Kremlin estaba de nuevo negociando préstamos en los mercados internacionales de deuda. A fin de cuentas un Gobierno es un Gobierno y siempre tendrá la irrefrenable tentación de gastar más de lo que tiene.

Como es lógico, la ventaja principal que obtendría el Estado griego no sería ni mucho menos recuperar la capacidad de endeudarse (de hecho estaría ante una ocasión dorada para aprender la lección para siempre y no volver a vivir por encima de sus posibilidades), sino la reestructuración de la economía nacional, machacada sin piedad por la falta de competitividad y la escasa confianza que el capital extranjero tiene en ella. Con un dracma más barato las exportaciones se dispararían, y no digamos ya el turismo, que supone el 15% del PIB. Grecia sería, al menos durante unos años, un serio competidor turístico para países como España, Francia o Portugal, atados al euro.

Con la economía nacional saneada y el gasto ajustado a las posibilidades del Gobierno en pocos años los inversores reaparecerían por Grecia que, ya debidamente estabilizada, podría incorporarse de nuevo al euro. La lección quedaría, además, aprendida y se tardaría mucho en volver a ver una crisis similar, al menos en Grecia. En economía hay casos milagrosos de memoria histórica como la inflación en Alemania o la hiper regulación en el Reino Unido.

La última gran ventaja que se extraería de dejar caer a Grecia sería el mensaje enviado a otros países altamente endeudados que se encuentran en estadios previos a la quiebra. Ante la certeza de una bancarrota segura Gobiernos como el español o el portugués se lo pensarían dos veces antes de emitir como locos títulos de deuda en los mercados. Las enseñanzas más valiosas se obtienen siempre en los momentos más dolorosos, y la economía no es una excepción.

Enlace: ¿Pero esto es todo?

2 comentarios en “Ha llegado la hora

  1. ¿Por qué va a fracasar el plan de ajuste de Grecia?

    FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
    Al final Grecia se ha salvado de la suspensión de pagos por la campana. En el último momento, y tal como ya tenía previsto el irresponsable de Papandreu, la República Helénica pidió el viernes que se activase el plan de contingencia para salvarse de la quema. Las razones que el Ejecutivo griego adujo o supo hacer ver ante los líderes europeos se pueden resumir en una sola idea con mucha fuerza: a la bancarrota griega le sobrevendrá inevitablemente el caos.

    Así, Merkel y Sarkozy, que son los que van a tener que correr con la mayor parte del rescate, se apresuraron a garantizar los fondos a pesar de que en los dos países la oposición interna ha sido amplia, en el caso de Alemania amplísima. El rescate griego es de tal gravedad política dentro de Alemania que bien podría costarle la cancillería a Merkel en las próximas elecciones.

    Otros como Zapatero han hecho lo que les han dicho sin dudarlo, sabiendo que en España la prensa está lo suficientemente domesticada como para oponerse a algo de lo que haga el presidente del Gobierno. En España existe, además, la percepción generalizada de que, más tarde o más temprano, nuestro país se verá obligado a pedir ayuda financiera, de modo que esto de Grecia sería un precedente muy tranquilizador para nuestros manirrotos políticos.

    Una vez aprobado el plan de rescate, lo único que ha pedido Bruselas es un plan de ajuste más o menos creíble con su correspondiente proyección. Papandreu, que ya había preparado uno en febrero, lo retomó endureciéndolo ligeramente y se lo presentó a los prestamistas europeos y del FMI. Esto es lo que hay. A cambio de salvar al Estado y a la oligarquía política griega de la quiebra, su primer ministro entrega una buena parte de la política económica.

    El plan consiste en un recorte, no demasiado drástico, de gasto público acompañado de un programa fiscal bastante ambicioso, de hecho tan ambicioso que sería inaplicable en cualquier otro momento. El resultado es que se van a neutralizar mutuamente dejando todo como está.

    Austeridad insuficiente

    Lo que se ahorre por un lado va a dejar de ingresarse por otro. Me explico, los recortes de gasto se pueden planificar, es decir, que si gastamos 100 en tal capítulo con retirar el capítulo se ahorran automáticamente 100. Es algo aplicable para cualquier presupuesto, desde el que un niño hace para comprar cromos hasta el de la mayor petrolera del mundo.

    Los ingresos fiscales, sin embargo, no pueden planificarse, o pueden hacerlo a muy corto plazo y poco más. Esto es así porque los seres humanos somos eso mismo: seres humanos y no funciones matemáticas que se comportan siempre de un modo constante. Es una pena para los ingenieros sociales, pero es así.

    Si se sube el IVA dos puntos en una primera y cortísima fase se notará el incremento, luego muchos de los agentes económicos, esto es, personas y empresas, dejarán de comprar. Entonces pueden suceder dos cosas, que ese dinero se convierta en ahorro privado (donde el Estado sí mete mano) o vaya directo al mercado negro. Un ejemplo, si el tabaco subiese mañana un 200%, ¿seguirían los fumadores comprándolo en el estanco o en una manta junto a la boca del Metro?

    Cuanto más se sube un impuesto menos se recauda. Esta es una de las viejas verdades del barquero que los políticos olvidan continuamente. Es lo que se conoce como la curva de Laffer, que se va a cebar con Grecia tan pronto entren en vigor los nuevos impuestos “verde”, sobre la rentabilidad de las empresas, sobre la propiedad y sobre el juego.

    Efectos de la subida fiscal

    El primero es un impuesto ideológico que, en este caso además, ni siquiera va a cumplimentar el fin del impuesto -el cuidado del medio ambiente-, sino que se va a ir directo a tapar un agujero estatal. El segundo es un desincentivador del beneficio. Si cuanto más ganamos más gravan las ganancias, el mensaje que se transmite a los contables es que hay que ganar poco, nada o, directamente, perder dinero en el balance.

    Los otros dos impuestos causarán efectos secundarios muy semejantes. Si se grava el juego más de lo que venía haciéndose, las timbas y casinos ilegales proliferarán por doquier creando un problema extra de orden público y criminalidad. El Estado, entretanto, verá como mengua la liquidación fiscal al mismo ritmo en que crecen los beneficios de los operadores clandestinos. Y de esos rendimientos informales el Estado no ve nada.  

    Por ignorar la ley de las consecuencias no deseadas, el Estado se encuentra de nuevo contra la pared y hace lo único que puede hacer, perseguir a los defraudadores, pero para eso hace falta gastar dinero, montar una agencia antifraude, dotarla de presupuesto y, con suerte, recuperar algo de lo que se defrauda.

    Se da entonces la paradoja de que el Estado que quería ingresar más y gastar menos, termina ingresando menos y gastando más. Un clásico de la incompetencia estatal que ha sucedido en infinidad de ocasiones. Y eso es probablemente lo que le va a pasar a Grecia. Porque, en lugar de acometer una severa reducción del gasto, se ha limitado a cuestiones puramente cosméticas. ¿Qué más da congelar el sueldo a los funcionarios, cuando éstos constituyen el 25% de la población activa?

    Un sector público sobredimensionado

    Con la misma población, Grecia tiene siete veces más empleados públicos que Austria, país éste que no es precisamente el templo del librecambismo y el Estado mínimo. Un millón frente a 150.000, así, en números absolutos puede uno darse cuenta de la verdadera causa del desaforado gasto de personal del Estado griego. Con todo, Papandreu ha prometido que no contratará más funcionarios, lo cual da pie a pensar que la intención de su Gobierno hasta la llegada de la crisis era convertir a todos los griegos en burócratas.

    Otras reformas muy necesarias, como la liberalización de ciertos sectores o la privatización de algunas empresas públicas, quizá no terminen llevándose a cabo. Teniendo en cuenta el vandalismo y los motines callejeros que asolan las ciudades, es muy posible que aquello, una vez cogido el dinero, quede en agua de borrajas.

    La izquierda griega ha conseguido la primera victoria, poner al país en jaque desde la calle sin más argumentos que unos derechos supuestamente sagrados. El Gobierno Papandreu ha sabido utilizar ese descontento popular para presionar a sus colegas de la Unión Europea, que se han tragado el sapo entero.

    Es imposible saber que pasará con Grecia de aquí a final de año, el mejor de los escenarios es que se quede como está, permanentemente subsidiada por sus socios. Pero esta situación no puede durar mucho, ni dentro ni fuera de Grecia.

    Luego llegará la hora de la verdad y los griegos tendrán de hacer frente a la crudísima situación en que les ha metido un Gobierno, el suyo, que para más señas es socialista, y de los ortodoxos. Por lo tanto, la crisis griega no ha sido por falta de socialismo sino por exceso. Esto, claro, nadie lo reconocerá.

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  2. Gran Bretaña, el auténtico PIG de Europa

    FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
    A mediados de los noventa, en plena expansión posthatcherista, los periodistas británicos se inventaron el término PIGS para denominar de manera informal a las economías del sur de Europa. Las iniciales del acrónimo hacían referencia a Portugal, Italia, Grecia y España, con la desafortunada coincidencia de que esa palabra en inglés significa “cerdos”. Eran otros tiempos, a mediados de los años noventa el Reino Unido era el país que más y mejor crecía de la Unión Europea, miraba a los demás por encima del hombro y se permitía hacer hasta desagradables chistecitos con los países del sur.

    Las cosas han cambiado. En plena crisis de la deuda, con todos mirando fijamente a Atenas y de reojo a Madrid y Lisboa, ha pasado desapercibida la otra crisis, la del Reino Unido, que, tal vez por no estar en la eurozona, ha escamoteado sus propios problemas detrás del canal de la Mancha. Informaba la semana pasada The Independent que los británicos ven cada vez más la televisión, más que nunca antes, al menos desde que se realizan mediciones al respecto.

    Los británicos disfrutan de una amplia oferta televisiva, de mucho fútbol, de las mismas series que aquí y de buenas pantallas planas compradas durante la burbuja. Se quedan en casa por todo eso, sí, pero también porque muchos no pueden ir a ningún otro lado, ya que el ocio más barato es aplastarse en el sofá delante de la tele.

    Eso de quedarse en casa es sólo un indicador, y ni mucho menos el peor. El Reino Unido arrastra el mayor de los déficits públicos del G-20, del orden de un 13%, superior al de España, al de Grecia, al de Irlanda y al de cualquiera de los países con las cuentas seriamente comprometidas. La deuda soberana, por su parte, ronda el 100% del PIB, el doble que nuestro país. Si no se ha visto en las mismas que Grecia se ha debido a una cuestión puramente temporal.

    Atenas ha tenido que refinanciar 20.000 millones de euros de un golpe mientras que a Londres los principales vencimientos le quedan aún lejos, a 14 años vista. La economía británica, bueno es recordarlo, es inmensa, una de las más grandes, completamente imposible de rescatar. Si llegase a suspender pagos su Gobierno el mundo entero se sumiría en una crisis sin precedentes. Eso en lo que toca al sector público.

    En endeudamiento privado es altísimo. De promedio, cada británico debe a los bancos un 170% de su ingreso anual. Los hogares ingleses están incluso  más endeudados que los norteamericanos. Los artificialmente bajos tipos de interés que ha fijado el Banco de Inglaterra no hacen más que intentar, en vano, reinflar la burbuja crediticia.

    Una de las más urgentes tareas que tiene por delante el nuevo inquilino del 10 de Downing Street es reinventarse la política monetaria desde cero. En cuanto suban los tipos, que más tarde o más temprano lo harán, el dinero volverá a estar a un precio más acorde con el del mercado, pero se llevarán por delante a multitud de empresas y familias hipotecadas.

    Más de 6 millones de funcionarios

    Por de pronto, el Estado tiene que seguir pidiendo prestado fuera porque gasta tanto que no le llega. En el Reino Unido hay 6,1 millones de funcionarios, lo que no está nada mal para un país de 62 millones de habitantes, 15 más que España, y una población activa de unos 30 millones. Durante el periodo laborista el funcionariado ha crecido de un modo exponencial. Casi un millón en poco más de una década.

    Unos funcionarios que ganan buenos salarios, mejores incluso que en la empresa privada y, para colmo, suben más rápidamente. Los números: los británicos que trabajan para el Estado ganan un promedio de 462 libras esterlinas semanales frente a las 451 de los que lo hacen para el sector privado.

    Los primeros han experimentado una subida del 3,7% el último año frente a los segundos, que lo han hecho sólo un 1,8%. En resumen, por cada cuatro asalariados privados hay un funcionario. El Gobierno de Gordon Brown, por su parte, se ha conformado con presentar un proyecto de recorte de empleos públicos que afectaría a unas 350.000 personas, una cantidad inapreciable que, además, podría tener un coste político considerable en la calle.

    Como en España, el sector privado se está ajustando el cinturón mientras el Estado gasta más. El desempleo se acerca al 8% y tiene ya en la cola del paro a 2,5 millones de personas. Una cifra ridícula en comparación con la nuestra, pero alarmante en un país en el que el desempleo había virtualmente desaparecido durante la última década.

    A cambio, el Estado ha de gastar una suma altísima todos los meses en los subsidios a la población no activa, mayormente estudiantes, que suma la impresionante cifra de 8 millones de personas. El equivalente a toda Andalucía. Si cada vez trabajan menos, hay más funcionarios y crece la nómina de subsidiados el panorama es desesperanzador para el que venga.

    La libra devaluada

    Según muchos, una de las ventajas de no estar en la zona euro es que el Gobierno británico podría jugar con la moneda a placer dejándola flotar en los mercados o devaluándola directamente para recuperar la competitividad perdida por los altos salarios y la anterior fortaleza de la divisa británica. Y así ha sido, la libra se ha devaluado un promedio del 30% con respecto al euro en los dos últimos años.

    Las consecuencias de la depreciación han sido también inmediatas. Se han drenado las reservas del país y sus ciudadanos son más pobres, especialmente, los que residen fuera. De España han tenido que salir ya varios miles de expatriados y jubilados que no podían soportar el alto coste de la vida. Una pensión británica, que daba para mucho en la Costa del Sol en 2007, hoy da para bastante menos.

    Y si bien hace dos años esa devaluación pudo hacerle algún bien a la recalentada economía británica, hoy lo que muestra son sus puntos débiles. Nadie se fía de la libra porque el Gobierno gasta sin medida y porque el Banco de Inglaterra ha comprado cantidades ingentes de deuda soberana, es decir, ha monetizado esa deuda, la ha convertido en libras esterlinas de nueva creación que han ido directas a costear los programas gubernamentales, tal y como pretende hacer ahora el Banco Central Europea (BCE).

    Esas libras se han extendido rápidamente por el resto del tejido productivo llamando a la puerta del verdadero coco de toda crisis económica: la inflación y su corolario de subida de precios. Mientras que en la zona euro la inflación se ha mantenido a raya gracias a la atonía de la demanda y a que el BCE no ha cometido ninguna locura, en el Reino Unido -ya sometido a presiones inflacionistas en plena fase de euforia- la inflación sobrepasa con holgura el 3% y llegó casi a tocar el 6% en 2008.

    Si no ha subido más es porque el consumo se ha contraído y ha aumentado el ahorro. De todo ese dinero que el Banco de Inglaterra ha puesto en circulación parte se ha quedado en los bolsillos de los ciudadanos. Evidentemente no va a ser así eternamente.

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